teresa-tovar-samanez-240x225Esta es una historia real. Pablo es un niño de 10 años al que le encantaba leer. Todas las noches se dormía con un libro en la mano. Cuando sus compañeros de clase iban a su casa se quedaban asombrados de ver que en su habitación habían varias estanterías con libros, y no encontraban juguetes electrónicos modernos.

Para Navidad, Pablo pedía libros. Mientras sus compañeros querían un Nintendo, él prefería cuentos para su edad y leyendas del Perú sobre el Muqui y duendes similares. Sus amigos lo miraban extrañados.

Leía no sólo los libros del “Plan Lector” del Colegio, sino otros más, como “El Pequeño Vampiro” que le regaló su tía. ¡Me encantó!, exclamó cuando lo terminó. Leía con placer y, motivado por la lectura, devoraba el libro en tres días.

Pablo tiene una muy buena ortografía y gran capacidad de redacción. Porque la lectura es mejor que mil cursos de gramática. Esta última es una materia en la que él se mueve como pez en el agua ya que solo corrobora lo que ya interiorizó leyendo: por ej. las partes de una oración, la función central del verbo, etc.

Y colorín colorado, esta historia real se ha acabado. Pablo ahora ya no lee más. No tiene tiempo ni ganas. Está saturado de tareas. Regresa del cole a las 4 pm y luego de almorzar y descansar un ratito, hace tareas hasta las 10 de la noche. El colegio le ha robado su infancia y está aniquilando su motivación por la lectura.

Las tareas se van incrementando conforme Pablo “avanza” en la Primaria. No tiene tiempo para jugar, ni para explorar, ni para saltar, ni para leer. No tiene tiempo para ser niño. Hacia las 9 pm está tenso e irritado por el cansancio y por las tareas que no logra entender ni concluir. No es ya un niño feliz y motivado por aprender. Se ha transformado en alguien malhumorado, que grita y pelea con sus padres. Su tortura escolar se prolonga a veces hasta las 11pm en que recién puede irse a dormir, tenso y triste.

Sacando cuentas Pablo dedica 12 horas diarias al estudio. El resto es comer y dormir, además de movilizarse al colegio. Su familia está luchando contra la cultura que propicia juegos agresivos electrónicos de combate, con más éxito que la pelea que libra contra el colegio y el sistema educativo, desquisiados por los “logros” y las metas de rendimiento.

No por gusto las NNUU han pedido prohibir las tareas escolares que, en lugar de mejores aprendizajes, ocasionan que los niños detesten la escuela. El reconocido pedagogo Francisco Tonucci afirma con contundencia que los niños aprenden mucho más jugando que estudiando y que hoy la escuela ha recluido a los niños en espacios cerrados para seguir instrucciones. No transformemos las escuelas en lugares que cortan las alas (García Márquez).

Los cuentos de Pablo están abandonados en las estanterías de su cuarto y su derecho al juego también.

Fuente: http://diariouno.pe/

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