Artículo de opinión sobre anemia. Patricia del Río El Comercio

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2“Más del 40% de los niños menores de 3 años tienen anemia. En regiones como Loreto y Pasco las cifras superan el 60%”.

Las cifras son de espanto. Propias de los países más pobres del mundo y no de uno como el nuestro que, a pesar de sus contratiempos, sigue siendo un ejemplo de crecimiento. Más del 40% de los niños menores de 3 años tienen anemia. En regiones como Loreto y Pasco las cifras superan el 60%. En Puno siete de cada diez menores son anémicos. La falta de hierro, la escasez de proteína animal en la dieta diaria, la falta de agua, la propensión a enfermedades diarreicas y las infecciones parasitarias se combinan con la pobreza y la nula asistencia del Estado para dar como resultado este pavoroso panorama.

Y parece que a nadie le importara mucho. Nos felicitamos cada vez que reducimos los índices de pobreza, y no nos ponemos a pensar que, en esa familia que estadísticamente ya no es pobre, crecen niños con deficiencias nutricionales que los marcarán toda su vida. Nos quejamos amargamente del fracaso del sistema educativo, pero nadie relaciona el hecho de que la anemia afecta las habilidades psicomotrices, cognitivas y de socialización de los escolares. Nos alarmamos cuando nuestros índices de productividad son pésimos, y obviamos el hecho de que un adulto mal alimentado se ve limitado en su capacidad de realizar eficientemente trabajos manuales o actividad física intensa.

Terrible, pero, ya que los dramas sociales no parecen calar ni en la opinión pública ni en nuestras autoridades, hablemos entonces de números. Según un importante estudio de Grade sobre el impacto de la anemia en nuestra economía, entre el 2009 y 2010, la anemia le costó al Perú la friolera de S/2.777 millones; y no porque eso se haya invertido en combatirla, o en destinar recursos en suplementos alimenticios, bueno fuera. Esa cifra considera las pérdidas que significaron al Estado Peruano el abandono escolar, las enfermedades, las muertes, los partos prematuros y la falta de productividad de los niños y adultos afectados por algo tan salvajemente inhumano como la mala y pobre alimentación.

Ayer en el Congreso se perdieron horas interpelando al ministro del Interior. Mañana tal vez sea la ministra de Salud la que tenga que responder pliegos interminables de tediosas preguntas. Dentro de unos días el contralor saldrá a contarnos del fierro último modelo que se compró para pasear al perro. En cualquier momento salta una denuncia porque los alcaldes se roban la plata, los regidores se emborrachan o los puentes se caen. Y así, seguiremos mirándonos el ombligo mientras nuestros niños crecen muriéndose de hambre, hipotecando su futuro y el de todo un país que se jacta de estar creciendo y mejorando cuando mantiene niveles de anemia solo comparables con los de los países más pobres del África.

Fuente: www.elcomercio.pe

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